El uso de esta palabra es cada vez más frecuente en el vocabulario que usamos a diario. Alguien que tuvo un mal día, o que se siente abandonado por sus amigos puede decir que está deprimido, pero ciertamente la depresión va más allá de «estar bajoneado».
Depresión es un estado persistente de tristeza, desánimo; falta de interés y de placer por actividades que antes nos gustaba realizar. Puede ir acompañada de otras situaciones que involucran una pérdida del sentido del goce, como alteraciones del apetito que nos llevan a perder o ganar peso, problemas de sueño, fatiga. Puede ser generado por alguna experiencia vivida como pérdida o puede ser que esta descripción conforme características más estables, que podemos identificar en el carácter de alguien que conocemos.
Lo cierto es que dentro de esta descripción, en el centro, está la tristeza. Una emoción básica que todos alguna vez hemos sentido y que se asocia a otros sentires como el abandono, las experiencias de pérdidas, las frustraciones que no podemos resolver, el sentirse poco valorado como persona, con poco sentido en la vida. Frecuentemente este cúmulo de sentimientos negativos, en su zona más íntima, se asocian al sí mismo, generando culpa y autorreproches que retroalimentan aún más ese sentido de ser una persona con poco valor o en otros casos indeseable.
En los extremos de la Depresión podemos identificar episodios bien delimitados con tiempos acotados que son posibles de abordar en un proceso terapéutico o camino de autoconocimiento, guiando a los afectados a restablecer su estado de ánimo habitual. En el otro extremo, la tristeza profunda persiste y va inundando poco a pocos todas las áreas de funcionamiento, llegando a perder el sentido y las ganas de vivir.
Podemos mirar la depresión como una enfermedad letal, pero también podemos aprender de la tristeza que vemos en nosotros mismos, podemos darnos una oportunidad de comprender estas emociones como parte de nuestra naturaleza humana y entender que también tienen un sentido en nuestra experiencia. Podemos conectarla con el origen de nuestras sensibilidades y transformarlas en nuevos sentidos de vida, como ayudar a otros o transformarla en material creativo. Aceptar esas tristezas nos conecta con nuestra infancia más traumática, pero también con la libertad que nos da el haber sobrevivido a ella.
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