Hoy en día esta palabra está presente más que nunca en nuestra agitada vida. Las extensas jornadas de trabajo tanto en adultos como en niños, las altas expectativas de éxito, la carga física y mental de un sinnúmero de responsabilidades, la sofisticación de la vida, las redes sociales, hacen que cada día sea más complicado simplemente existir y encontrar tranquilidad.
Es cierto que una cuota de estrés nos permite activarnos y ocupar nuestras destrezas para dar respuestas adaptativas y funcionales. Pero una alta demanda de reacción, ya sea por un evento crítico o por una exposición persistente al estrés, pueden provocarnos situaciones que van a afectar nuestra salud física y mental.
El concepto de estrés se define como la respuesta de un organismo vivo frente a las demandas de su ambiente, considerando que ese organismo trae consigo una capacidad innata para mantener su medio interno en equilibrio, en interacción con el medio externo, lo que también se llama homeostasis del sistema. Es decir, los humanos nacemos con esta capacidad de autorregulación que es a la vez interdependiente del medio en que nos toca nacer y luego vivir.
Existen estresores (estímulos que provocan estrés) bioecológicos y psicosociales. Los primeros se originan en la naturaleza, como los cambios climáticos, fuertes lluvias, inundaciones, terremotos, etc. y los segundos tienen que ver con la interacción humana. Ambos se manifiestan dentro de un continuo, desde situaciones más o menos predecibles, hasta eventos, conflictos y vínculos que sobrepasan los límites de lo que podemos tolerar.
Según estudios recientes (primeros auxilios psicológicos), los principales factores protectores y de riesgo se relacionan con las características propias de la persona y su familia; las características del suceso en sí; la gestión de las emergencias y la atención recibida en los momentos posteriores a los eventos estresantes.
Es importante entonces poner atención tanto a nuestras reacciones naturales como a aquellas manifestaciones impulsivas que nos están impidiendo funcionar o que alteran nuestra vida íntima, familiar, laboral o social. Lo mismo con las personas que están a nuestro cuidado, si se están enfermando muy seguido, si evitan situaciones esperadas para la edad, si las emociones los desbordan, etc. Cada persona reacciona de manera distinta, por eso es clave reconocer los cambios bruscos o la falta de interés por realizar lo que antes hacíamos con entusiasmo. Te invitamos a conocer a los terapeutas motivados por trabajar contigo en este tema.
